lunes, 31 de mayo de 2010

Corregir, poner notas

Tuve un profe que solía repetir después de cada entrega de notas: "Yo no suspendo  a nadie, ya os suspenderá la vida". Pocos métodos tan arbitrarios, tan injustos. Era profesor de Historia de las Ideologías. La suya era previsible, casaba perfectamente con su desganada militancia contra el esfuerzo. Para un joven estudiante, que profesaba la fe en el Saber y que acababa de ingresar en el Templo de la Sabiduría, era incomprensible que tal individuo fuese profesor de universidad. Había comenzado como sustituto de un catedrático, este sí sabio, cuya bondad le inhabilitaba para hacer una selección de personal. Durante un tiempo fui tropezando con las huellas de su fría luz. Firmó un manifiesto de intelectuales catalanes pidiendo el voto, en unas elecciones europeas, a favor de Herri Batasuna. Eran los tiempos de la masacre de Hipercor. Una editorial le encargó una enciclopedia de consulta, con el fracaso anunciado en la lista de colaboradores. Después se convirtió en profesor titular, no sé si llegó a catedrático, aunque todo es posible.

No hay trabajo más ingrato para el profesor que corregir y poner notas. A la dificultad de fijar una nota justa se unen los lazos que se van estableciendo a lo largo del curso con los alumnos. Por no hablar de las más o menos sutiles presiones de los padres -de algunos padres- trimestralmente interesados en cómo van sus hijos y en exponer lo mucho que trabajan o lo que les cuesta compaginar sus diversas actividades. Sin embargo, la nota final en un momento necesario si creemos en la igualdad de oportunidades. Delante de los 30 alumnos y sus 30 exámenes se borran las procedencias, las amistades, las ayudas, las presiones. Poner nota es uno de los pocos momentos en los que a un hombre se le juzga por si mismo, por lo que vale, por su esfuerzo, por su valía. La vida que viene después no suele ser justa. Es entonces cuando comienzan a actuar las amistades, las familiaridades, las corruptelas.

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