miércoles, 18 de mayo de 2011

¿Estimular el talento es discriminar?

He aquí un ejemplo de la desgracia de España, de cómo la ideología se sobrepone a la realidad como un cristal empañado, retorciendo y simplificando para que la visión propia realce sobre la de los adversarios. El intelectual que debate en un espacio vacío, sin saber cómo funcionan las aulas, sin acercarse a ellas, preguntar, indagar. Está en contra del bachillerato de la excelencia que se propone en Madrid. ¿Por qué  discrimina?, ¿cómo se estimula a los alumnos a esforzarse más? ¿Hemos de perder el talento latente en las clases?, ¿cómo combatimos la falta de competitividad de nuestro país? Dice el sociólogo Gil Calvo:
Y es que en esta materia también podría parafrasearse el expresivo título de una comedia española: ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? Pues bien, de igual modo: ¿por qué lo llaman excelencia cuando quieren decir desigualdad? Excelencia o cualquier otro de los eufemismos que permiten camuflar un concepto de por sí negativo, como el de desigualdad, para hacerlo pasar por otro aparentemente positivo: excelencia, exigencia, mérito, esfuerzo, calidad, rendimiento, competitividad, etcétera. Pero aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Quiero decir que subvencionar con fondos públicos la excelencia educativa, si no se actúa también en el otro extremo de la distribución de rendimientos escolares, implica incrementar la desigualdad. Que es quizá el programa oculto que pretende desarrollar toda política liberal.

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